China está impulsando una transformación energética a nivel mundial gracias a su dominio en la producción de tecnologías renovables. El país asiático fabrica cerca del 80 % de los paneles solares y el 60 % de los aerogeneradores que se usan en el planeta, lo que le ha permitido duplicar su capacidad instalada de energía solar y eólica en apenas tres años y triplicar su capacidad de almacenamiento en baterías. Esta expansión ha sido respaldada por una inversión cercana a los 625.000 millones de dólares, equivalente a un tercio del total global destinado a energías limpias.
El cambio se refleja en las cifras: solo en el primer semestre de 2025, el consumo de combustibles fósiles para generación eléctrica cayó un 2 %, mientras que la energía solar creció un 43 % y la eólica un 16 %. Por primera vez, ambas fuentes superaron en conjunto a la producción hidroeléctrica, nuclear y de bioenergía. A nivel global, más del 90 % de los nuevos proyectos renovables ya generan electricidad a menor costo que cualquier planta fósil.
Sin embargo, el panorama no está libre de contradicciones. China sigue levantando nuevas plantas de carbón para garantizar seguridad energética en momentos de alta demanda, y sus emisiones continúan siendo mayores que las de Estados Unidos y Europa combinados. Además, muchos países en desarrollo aún no logran desplegar renovables con la velocidad necesaria para reducir su dependencia de los combustibles fósiles.
Pese a estos retos, la influencia china en el mercado de energías limpias está acelerando la transición en varias regiones del mundo. En África, por ejemplo, las importaciones de paneles solares de origen chino crecieron un 60 % en el último año, mientras que en países como México o Bangladesh los bajos costos de la tecnología han facilitado la expansión de proyectos renovables. Con este impulso, el debate ya no es si las renovables reemplazarán a los combustibles fósiles, sino qué tan rápido ocurrirá.